Seguramente
Cervantes nunca tuvo deseos de que lo tiraran a una fosa común pero, viendo ese
empeño de las autoridades madrileñas por continuar esa búsqueda del tesoro que
iniciaron años ha por las calles de su ciudad y que ahora continúa en el
convento donde él pidió que lo enterraran, acabará envidiando la suerte de
Mozart.
Nadie, que yo sepa,
ha relacionado nunca la resurrección de Jesucristo con un posible temor a que
la obsesión de la humanidad por desenterrar cadáveres de un pasado ligeramente
remoto le acabara afectando. Él, que podía permitirse resucitar y salir huyendo
de los Carter y los saqueadores de tumbas del futuro, naturalmente lo
aprovechó. No hay como ser hijo de Dios para ahorrarse molestias futuras.
A veces, al
contemplar determinada arqueología institucional y las ganas que se ponen en
encontrar ciertas cosas, pienso que la búsqueda de reliquias de santos ha
evolucionado a una forma de ciencia. Y si se aprovechara, esto tiene sus cosas
buenas: imagínate que, en vez de no construir la biblioteca provincial de
Barcelona, hubieran encontrado restos arqueológicos en Lloret de Mar o en
Marina d’Or. En un sitio los vecinos estarían más tranquilos y, en el otro, no
habríamos cruzado otra frontera más del horror estético.
Demos gracias a que
todo se acaba cayendo solo de puro viejo, porque, si no, dentro de millones de
años no habría sitio para vivir ni para construir nada más (y entonces ¿a qué
se dedicarían en Valencia?) de tantos recintos arqueológicos como habría. Sí,
el espacio es limitado pero nuestro síndrome de Diógenes no.
Pero me estoy
perdiendo; voy a poner un ejemplo. Imagínate que desentierran a tu abuela de
donde ella quiso «descansar», la pasean por laboratorios y acaba como si fuera
un «maniquí del Zara» (pero sin ropa ni nada) expuesta en un museo.
Mucha gracia no te
ha hecho, ¿no? Pongámoslo peor. Imagínate que la mujer era religiosa y tú
también lo eres, y está enterrada según los ritos de tu fe. Pues que sepas que
si eres egipcio y viviste hace más de dos mil años, van a hacerte esto y
bastante más. Pero no pasa nada porque tu religión no era la buena, era una milonga fantasiosa
que no tenía ninguna credibilidad a diferencia de las nuestras, que esas sí que
molan, y por eso a tu religión la va a respetar tu padre. Ah, no, a él también
lo momificasteis y está en la planta 3 del museo contigo; al menos, tienes
alguien con quien conversar, no te quejes.
Podrías ser
egipcio, inca o algo así, pero no te creas que por ser católico, la cosa te va
a ir mejor. Mira el pobre Cervantes; toda su vida castigado por este país, con
un brazo inútil por luchar en Lepanto, cautivo en Argel, vuelve a España y lo
meten en la cárcel por recaudar impuestos (siempre hemos sido un país más de
defraudar que de cobrar), escribe El Quijote y un anónimo desgraciado
(un cabrón, vamos) se le adelanta en publicar la segunda parte (esto fue bueno
literariamente para la segunda parte del Quijote cervantino, pero me
temo que a él no le hizo gracia en el momento), no puede emigrar a Italia como
quería y, para acabar, pide que le entierren en un convento, y ni eso le van a
respetar.
¿Qué debe de estar
pensando en su tumba? «¡Qué país este! Tanta gente que sus familiares quieren
sacar de las cunetas, y me vienen a tocar los... a mí. ¿Por qué no desenterráis
a vuestros putos muertos?»
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