domingo, 31 de mayo de 2015

Las palabras sanan


¿Quién no ha estado sufriendo una pena amorosa o un problema existencial y, gracias a las palabras amables de un amigo, ha recibido un consuelo que ha aliviado su tristeza? A veces, no hace falta siquiera eso, simplemente con tener una oreja amiga que nos permita verbalizar nuestras preocupaciones resulta suficiente.
Después de esta colección de tópicos, por una vez ciertos, maticemos. Las palabras sanan, pero si me duele la cabeza, me tomo un analgésico. Otra revelación más de impacto, ¿eh? Lo que estamos aprendiendo hoy...
Quería sentar estas bases porque mi deseo es dedicar este artículo a las palabras institucionales sanadoras. No, no me estoy refiriendo a Mariló Montero, aunque sí, tienen la misma efectividad que ella.
Hace unos años, en tiempos de bonanzas municipales, el ayuntamiento de Barcelona tuvo la fantástica idea de contratar a una serie de personas cuyo cometido era recorrer la ciudad para detectar conductas incívicas y señalarlas a la vista de todos para que pudiéramos saber qué era correcto y qué no. Así explicado, parece una idea fetén, ¿no?
Un día, cuando estaba a punto de llegar a mi despacho me encontré en la calle una bolsa de basura fuera del contenedor y una silla que le hacía compañía. Por la tarde, al volver a casa, vi que ya había intervenido este cuerpo de elite de la decencia y había procedido a señalar ambos objetos con una pegatina que lucía la siguiente inscripción: Trasto abandonat incorrectament.
Mi estupefacción fue creciendo con los días a medida que bolsa y silla iban convirtiéndose en parte del paisaje urbano, como esas pintadas que, con el paso del tiempo, necesitarían una nota para que se entiendan. Todo el mundo entiende en abstracto que quien las depositó allí debería haberlas tirado a la basura y que corregir esta dejadez es una mala idea porque la gente se acostumbra; en lo concreto, cuesta lo mismo tirar la bolsa al contenedor y no apestas la calle durante semanas. Con la crisis han ido desapareciendo las pegatinas, pero las bolsas siguen estando allí.
Una señal que se encuentra por las carreteras de España y me fascina es la siguiente, que cuenta con esta fantástica inscripción: Bienvenido a un tramo de concentración de accidentes. Vale, no pone «bienvenido», pero es algo así. Ya sé que el mensaje implícito es que extremes la precaución conduciendo, pero yo siempre entiendo esto: No vamos a gastarnos dinero en arreglar este tramo, o sea que sepas que si hay un accidente va a ser culpa tuya, que te hemos avisado, cenutrio. A todo ello se le añade la presión de saber que nuestro dios moderno del destino, la Estadística, ha decretado que allí habrá más accidentes.
Otro ejemplo, este más reciente, que me ha fascinado es la campaña del ayuntamiento actual de Barcelona para reducir el ruido en la ciudad. No, no es poniendo asfalto antirruido o insonorizando locales, sino mediante un app (hoy en día si no tienes una app, no eres nadie) que es un medidor de decibelios; los usuarios podrán tuitear luego sus resultados. Sí, podrás saber en números el ruido que te molesta e informarás a la gente de ello. Las penas compartidas se llevan mejor, pero yo preferiría unos tapones o que se arreglara el problema.
Para acabar, me gustaría hablar de una variante de las palabras sanadoras: son las campañas en favor de la lectura que, para atraer a la población no lectora (especialmente los jóvenes), buscan acercarse a ellos y enseñarles que leer mola, pero siempre sin mostrar gente leyendo, que eso es un rollo, y en una biblioteca más.
¿Y qué mejor escenario que una discoteca de reggaetón? No, no he consumido drogas antes de escribir este artículo. Tampoco es un sketch de Muchachada nui o de José Mota. Esta campaña es real y se llama «Perrea un libro». Te recomiendo que la busques en YouTube si quieres vivir emociones fuertes. Y, sobre todo, recuerda algo antes de tomarte el eslogan al pie de la letra: él nunca lo haría.

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