sábado, 30 de mayo de 2015

Chernóbil, nuestra Pompeya (I)


Hace casi treinta años, un accidente en la central nuclear soviética de Chernóbil acabó ocasionando el peor desastre nuclear civil de la historia. Tres décadas pueden parecer un mero suspiro de la historia: tomas aire y de golpe, antes de espirar, ha desaparecido de un plumazo uno de los sistemas económicos que estudiabas en el colegio. Y no solo eso, sino una forma distinta de cortar el césped, que podía avistarse mirando a través de las grietas del telón de acero que separaba nuestros jardines en esa pequeña urbanización que llamamos mundo.
Sin embargo, si queremos visitar auténticas ciudades soviéticas, no reconstruidas ni reformadas y únicamente aderezadas por esa sabrosa especia que es la naturaleza siguiendo su curso en forma de malas hierbas, solo necesitas algo de dinero y cierta resistencia a la radiación para visitar la zona alrededor de Chernóbil. La experiencia puede completarse si uno acaba encontrándose con alguno de los antiguos habitantes de esas ciudades, que han vuelto a sus lugares de origen; es triste pensar que, aunque esté contaminada por la radiación, como en casa no se está en ninguna parte.
En estos tiempos, donde se nos habla de lo emocionante que resulta hacer historia, creo que todos estaremos de acuerdo en que a ninguno de los pompeyanos o herculanos que murieron carbonizados por la lava del Vesubio les hizo la menor gracia convertirse en historia viva, petrificada.
Sin embargo, a dos mil años vista, no sé si nos parece tan mal que sucediera esta desgracia. Sin ella, no tendríamos una rendija tan fantástica a la vida de los romanos del siglo i y, sí, pobrecillos de aquellos a quienes les pilló la erupción pero, total, todos nos vamos a morir y mejor que nuestra muerte tenga un sentido: iluminar a nuestros descendientes sobre cómo éramos. Ya aviso de que si yo estuviera debajo del Vesubio, este argumento no me convencería ni tampoco me serviría de consuelo.
Gracias a la explosión de Chernóbil, que tantas desgracias ha causado —y sigue causando en forma de radioactividad— por toda Europa, conservamos sin adulterar la experiencia de lo soviético y así quedará durante mucho tiempo, pues la radiación evitará que los seres humanos volvamos a habitar esa zona durante varios miles de años como mínimo.
Por lamentables que nos parezcan en el momento que se producen, nunca debemos olvidar que las grandes desgracias son casi las únicas huellas de nuestro paso por la tierra que verán nuestros descendientes.
Y así sentimos una alegría malsana al encontrar la momia de un cazador del Neolítico, olvidándonos de que se congeló vivo en medio de los Alpes, o el tesoro de un naufragio de un galeón español —siempre es español... ¿es que no se hundían los barcos de otros países o qué?—, sin pensar en los cientos de tripulantes que murieron ahogados. A veces la noticia nos parece positiva porque mejora nuestro «conocimiento histórico»; en otras ocasiones —aunque entonces se dice con la boca pequeña— sirve para atraer turismo... o sea, no nos engañemos, dinero, y al menos por ahora, aún está mal visto que una muerte, por antigua que sea, dé dinero.
¿Queremos ser protagonistas o secundarios de la historia futura, vivir momentos históricos? Creo que es difícil «hacer historia» a voluntad; nos olvidamos de que esta se hace a posteriori, cuando alguien decide trazar una línea o ve un nexo de unión entre hechos que hasta ese momento habían pasado desapercibidos. Parafraseando a Woody Allen, creo que en vez de vivir para siempre en los libros de historia después de muertos, preferiríamos seguir viviendo en nuestra casa.

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