Hace casi treinta
años, un accidente en la central nuclear soviética de Chernóbil acabó
ocasionando el peor desastre nuclear civil de la historia. Tres décadas pueden
parecer un mero suspiro de la historia: tomas aire y de golpe, antes de
espirar, ha desaparecido de un plumazo uno de los sistemas económicos que
estudiabas en el colegio. Y no solo eso, sino una forma distinta de cortar el
césped, que podía avistarse mirando a través de las grietas del telón de acero
que separaba nuestros jardines en esa pequeña urbanización que llamamos mundo.
Sin embargo, si
queremos visitar auténticas ciudades soviéticas, no reconstruidas ni reformadas
y únicamente aderezadas por esa sabrosa especia que es la naturaleza siguiendo
su curso en forma de malas hierbas, solo necesitas algo de dinero y cierta
resistencia a la radiación para visitar la zona alrededor de Chernóbil. La
experiencia puede completarse si uno acaba encontrándose con alguno de los
antiguos habitantes de esas ciudades, que han vuelto a sus lugares de origen;
es triste pensar que, aunque esté contaminada por la radiación, como en casa no
se está en ninguna parte.
En estos tiempos,
donde se nos habla de lo emocionante que resulta hacer historia, creo que todos
estaremos de acuerdo en que a ninguno de los pompeyanos o herculanos que
murieron carbonizados por la lava del Vesubio les hizo la menor gracia
convertirse en historia viva, petrificada.
Sin embargo, a dos
mil años vista, no sé si nos parece tan mal que sucediera esta desgracia. Sin
ella, no tendríamos una rendija tan fantástica a la vida de los romanos del
siglo i y, sí, pobrecillos de
aquellos a quienes les pilló la erupción pero, total, todos nos vamos a morir y
mejor que nuestra muerte tenga un sentido: iluminar a nuestros descendientes
sobre cómo éramos. Ya aviso de que si yo estuviera debajo del Vesubio, este
argumento no me convencería ni tampoco me serviría de consuelo.
Gracias a la
explosión de Chernóbil, que tantas desgracias ha causado —y sigue causando en
forma de radioactividad— por toda Europa, conservamos sin adulterar la
experiencia de lo soviético y así quedará durante mucho tiempo, pues la
radiación evitará que los seres humanos volvamos a habitar esa zona durante
varios miles de años como mínimo.
Por lamentables que
nos parezcan en el momento que se producen, nunca debemos olvidar que las
grandes desgracias son casi las únicas huellas de nuestro paso por la tierra
que verán nuestros descendientes.
Y así sentimos una
alegría malsana al encontrar la momia de un cazador del Neolítico, olvidándonos
de que se congeló vivo en medio de los Alpes, o el tesoro de un naufragio de un
galeón español —siempre es español... ¿es que no se hundían los barcos de otros
países o qué?—, sin pensar en los cientos de tripulantes que murieron ahogados.
A veces la noticia nos parece positiva porque mejora nuestro «conocimiento
histórico»; en otras ocasiones —aunque entonces se dice con la boca pequeña—
sirve para atraer turismo... o sea, no nos engañemos, dinero, y al menos por ahora,
aún está mal visto que una muerte, por antigua que sea, dé dinero.
¿Queremos ser
protagonistas o secundarios de la historia futura, vivir momentos históricos?
Creo que es difícil «hacer historia» a voluntad; nos olvidamos de que esta se
hace a posteriori, cuando alguien decide trazar una línea o ve un nexo de unión
entre hechos que hasta ese momento habían pasado desapercibidos. Parafraseando
a Woody Allen, creo que en vez de vivir para siempre en los libros de historia
después de muertos, preferiríamos seguir viviendo en nuestra casa.
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