¿Quién no ha estado sufriendo una pena amorosa o un
problema existencial y, gracias a las palabras amables de un amigo, ha recibido
un consuelo que ha aliviado su tristeza? A veces, no hace falta siquiera eso,
simplemente con tener una oreja amiga que nos permita verbalizar nuestras
preocupaciones resulta suficiente.
Después de esta colección de tópicos, por una vez ciertos,
maticemos. Las palabras sanan, pero si me duele la cabeza, me tomo un
analgésico. Otra revelación más de impacto, ¿eh? Lo que estamos aprendiendo
hoy...
Quería sentar estas bases porque mi deseo es dedicar este
artículo a las palabras institucionales sanadoras. No, no me estoy refiriendo a
Mariló Montero, aunque sí, tienen la misma efectividad que ella.
Hace unos años, en tiempos de bonanzas municipales, el
ayuntamiento de Barcelona tuvo la fantástica idea de contratar a una serie de
personas cuyo cometido era recorrer la ciudad para detectar conductas incívicas
y señalarlas a la vista de todos para que pudiéramos saber qué era correcto y
qué no. Así explicado, parece una idea fetén, ¿no?
Un día, cuando estaba a punto de llegar a mi despacho me
encontré en la calle una bolsa de basura fuera del contenedor y una silla que
le hacía compañía. Por la tarde, al volver a casa, vi que ya había intervenido
este cuerpo de elite de la decencia y había procedido a señalar ambos objetos
con una pegatina que lucía la siguiente inscripción: Trasto abandonat incorrectament.
Mi estupefacción fue creciendo con los días a medida que
bolsa y silla iban convirtiéndose en parte del paisaje urbano, como esas
pintadas que, con el paso del tiempo, necesitarían una nota para que se
entiendan. Todo el mundo entiende en abstracto que quien las depositó allí
debería haberlas tirado a la basura y que corregir esta dejadez es una mala
idea porque la gente se acostumbra; en lo concreto, cuesta lo mismo tirar la
bolsa al contenedor y no apestas la calle durante semanas. Con la crisis han
ido desapareciendo las pegatinas, pero las bolsas siguen estando allí.
Una señal que se encuentra por las carreteras de España y
me fascina es la siguiente, que cuenta con esta fantástica inscripción: Bienvenido a un tramo de concentración de
accidentes. Vale, no pone «bienvenido», pero es algo así. Ya sé que el
mensaje implícito es que extremes la precaución conduciendo, pero yo siempre
entiendo esto: No vamos a gastarnos
dinero en arreglar este tramo, o sea que sepas que si hay un accidente va a ser
culpa tuya, que te hemos avisado, cenutrio. A todo ello se le añade la
presión de saber que nuestro dios moderno del destino, la Estadística, ha
decretado que allí habrá más accidentes.
Otro ejemplo, este más reciente, que me ha fascinado es la
campaña del ayuntamiento actual de Barcelona para reducir el ruido en la
ciudad. No, no es poniendo asfalto antirruido o insonorizando locales, sino
mediante un app (hoy en día si no tienes una app, no eres nadie) que es un
medidor de decibelios; los usuarios podrán tuitear luego sus resultados. Sí,
podrás saber en números el ruido que te molesta e informarás a la gente de
ello. Las penas compartidas se llevan mejor, pero yo preferiría unos tapones o
que se arreglara el problema.
Para acabar, me gustaría hablar de una variante de las
palabras sanadoras: son las campañas en favor de la lectura que, para atraer a
la población no lectora (especialmente los jóvenes), buscan acercarse a ellos y
enseñarles que leer mola, pero siempre sin mostrar gente leyendo, que eso es un
rollo, y en una biblioteca más.
¿Y qué mejor escenario que una discoteca de reggaetón? No, no he
consumido drogas antes de escribir este artículo. Tampoco es un sketch de Muchachada
nui o de José Mota. Esta campaña es real y se llama «Perrea un libro». Te
recomiendo que la busques en YouTube si quieres vivir emociones fuertes. Y,
sobre todo, recuerda algo antes de tomarte el eslogan al pie de la letra: él
nunca lo haría.